Crítica: "Transformers: El Último Caballero". La saga se oxida más.


Título: Transformers: El Último Caballero.
Título Original: Transformers: The Last Knight.
Reparto: Mark Wahlberg, Sir Anthony Hopkins, Laura Haddock, Josh Duhamel, Isabela Moner, Stanley Tucci, Peter Cullen.
Director: Michael Bay.
Calificación: 2/5 Estrellas.

En el séptimo arte hay sagas que surgen sin haber sido planeadas, ya sean libros divididos para su adaptación como "El Hobbit" y algunas otras que pudieron explotar su éxito y desarrollarse de manera natural en la pantalla grande, como ocurrió con "Star Wars". Sin embargo también hay franquicias cuya creación no oculta su principal intención de vender algo y qué mejor mercado que el infantil para sacar provecho de esto.

Cuando en 2007 aterrizó la primer entrega de "Transformers", los fanáticos de las figuras de acción y series animadas experimentaron un sabor de boca agradable a secas, mismo que debe parte de su aceptación entre el público a Megan Fox (Tortugas Ninja), quien junto a Shia LaBeouf (Corazones de Hierro), entretuvo por poco más de dos horas a una audiencia que no buscaba una película trascendental.

Lo que en su momento fue una idea agradable e innovadora en efectos especiales se convirtió paulatinamente en una serie de cintas que decayeron en calidad, en argumento y que se repite constantemente hasta el hartazgo. Hoy, a diez años de su debut en la pantalla grande, aterriza su cuarta secuela: "Transformers: El Último Caballero" y las cosas han cambiado pero para mal.


Ambientada tiempo después de los eventos de "Transformers: La Era de la Extinción", la hoy sentenciada nos presenta un argumento en el que Óptimus Prime (Peter Cullen) ha dejado la Tierra en busca de sus creadores y sin líderes para guiarlos  los autobots y decepticons se encuentran en constante pelea. Sin embargo el destino del mundo penderá de un hilo (otra vez) cuando un antiguo objeto caiga en manos de Cade Yeager (Mark Wahlberg).

Lo anterior llevará a Cade a viajar a Inglaterra, donde conocerá a Vivian Wembley (Laura Haddock) y a Sir Edmund Burton (Sir Anthony Hopkins), juntos con la ayuda de personajes ya conocidos, como Bumblebee, deberán develar el secreto que esconde el artefacto, mismo que se liga al mito del Rey Arturo, a Merlín y al futuro mismo de la Tierra y de Cybertron. Todo mientras dos amenazas los persiguen: el ejército de Estados Unidos y su antiguo aliado, Óptimus.

Si el párrafo superior parece confuso y sin sentido, es preciso señalar que la estructura de la producción precisamente sigue ésta línea de narración y es que el guión parece haber sido realizado con notas e ideas al aire, cuyo único hilo conductor son las caras familiares y las siempre espectaculares pero saturadas escenas de acción.


Esto puede comprenderse de inmediato, cuando se ve lo propuesto en la pantalla; ya que los tres actos que la conforman se sienten ajenos entre sí, como si de tres películas distintas se tratasen, la historia se siente más floja que sus predecesoras, con elementos que convenientemente aparecen cuando el argumento lo requiere y sin consecuencias que permitan desarrollar a los personajes, algo que también pesa para el espectador.

Lo recién mencionado da pie al hecho de que Wahlberg (Ted) entrega a un protagonista demasiado simple dentro de su propio contexto y cuya relevancia en el universo de los robots gigantes es igual que la de Sam Witwicky (LaBeouf) en las primera tres cintas, una saca de la manga con el único mérito de justificarse a cada instante. Sin embargo esto no recae en el actor de 46 años, quien hace su máximo esfuerzo por mostrar a un personaje simple, y hasta caricaturesco, como uno convincente y creíble.

Caso similar ocurre con la intervención de Haddock (Guardianes de la Galaxia), pues a pesar de ser presentada como una mujer fuerte e inteligente, termina siendo el gancho para el público masculino. Desdibujada conforme la cinta progresa, se desperdicia la oportunidad de desarrollarla y se convierte en el eye candy de la cinta.


Por su parte, Sir Hokpins (El Silencio de los Inocentes) y Jim Carter (Downtown Abbey), quien da vida a Cogman, son los únicos personajes rescatables en este desastre y, aún así, son convertidos en recursos risibles, pues sus interpretaciones simplemente sirven para explicar el argumento y convertirse en una suerte de auto-parodia de la franquicia. Sin embargo la empatía por ambos es palpable y se apoderan las escenas sin problema alguno con excelente naturalidad.

No obstante, no todo es malo en esta película y lo bueno de ésta se puede contar con los dedos de una sola mano: las secuencias de acción cumplen lo prometido y mantienen el sello característico de Michael Bay (Armageddon): explosiones por montones y presentes cada dos minutos, tomas en contrapicada para exaltar momentos "épicos", un dinamismo en las tomas que aprovecha al máximo el haber sido filmada para formato 3D, secuencias que hacen entretenida la premisa por breves momentos y acentúan una fotografía que atina en mostrar que el cineasta estadounidense no pierde su estilo exagerado y, en lo que al género se refiere, efectivo.

Pero...¿esta saga podía caer más bajo? Sí, con el mismo montaje visto en las cintas anteriores, escenas calcadas al carbón de sus predecesoras y personajes cada vez más acartonados, la hoy sentenciada carece de pies y de cabeza, los momentos de tensión son inexistentes, la trama es completamente predecible y los pocos recursos prometedores que tenía son gastados de inmediato.


En conclusión, la hoy sentenciada debe tomarse como lo que es: un ejercicio sin volumen, mismo que vale la pena ver si las ideas para pasar el rato se han terminado. Si se quiere echar por la borda poco más de dos horas en un día con una cinta meramente palomera, ésta es la opción ideal.

Cargada de incontables explosiones, personajes poco relevantes y secuencias de acción entretenidas pero ya vistas en entregas anteriores, "Transformers: El Último Caballero" mantiene en claro que la saga dejó de ofrecer algo interesante desde su segunda entrega  y, por lo visto, los autobots se oxidan cada vez más.


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